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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes

de Juan Montalvo

📚 Clásico de dominio público · gratis

Don Quijote y Sancho vuelven a los caminos en sesenta capítulos que Juan Montalvo escribió imitando a Cervantes: nuevas aventuras, discursos y burlas, con el humor y la lengua del Siglo de Oro. Incluye El Buscapié, el prólogo donde Montalvo defiende su atrevimiento. Obra póstuma del gran ensayista ecuatoriano (1832-1889).

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El Buscapié (prólogo), capítulo I

Dame del atrevido; dame, lector, del sandio; del mal intencionado no, porque ni lo he menester, ni lo merezco. Dame también del loco, y cuando me hayas puesto como nuevo, recíbeme a perdón y escucha. ¿Quién eres, infusorio -exclamas-, que con ese mundo encima vienes a echármelo a la puerta? Cepos quedos: no soy yo contrabandista ni pirata: mía es la carga: si es sobradamente grande para uno tan pequeño, no te vayas de todas por este único motivo; antes repara en la hormiga que con firme paso echa a andar hacia su alcázar, perdida bajo el enorme bulto que lleva sobre su endeble cuerpecillo. Si no hubiera quien las acometa, no hubiera empresas grandes; el toque está en el éxito: siendo él bueno, el acometedor es un héroe; siendo malo, un necio: aun muy dichoso si no le calificamos de malandrín y bellaco. Este como libro está compuesto: sepa yo de fijo que es obrita ruin, y no la doy a la estampa; téngala por un acierto, y me ahorro las enojosas diligencias con que suelen los autores enquillotrar al público, ese personaje temible que con cara de justo juez lo está pesando todo. Él decidirá: como el delito es máximo, la pena será grande: al que intenta invadir el reino de los dioses, Júpiter le derriba. Pero el rayo consagra: ese clemente es un escombro respetable.

¿Qué pudiera proponerse, me dirán, el que hoy escribiera un Quijote bueno o malo? El fin con que Cervantes compuso el suyo no existe: la lectura de los libros caballerescos no embebece a cuerdos ni a locos, a entendidos ni a ignorantes, a juiciosos ni a fantásticos: estando el mal extirpado, el remedio no tiene objeto, y el doctor que lo propina viene a curar en lo sano. Así es; pero yo tengo algo que decir: don Quijote es una dualidad; la epopeya cómica donde se mueve esta figura singular tiene dos aspectos: el uno visible para todos; el otro, emblema de un misterio, no está a los alcances del vulgo, sino de los lectores perspicaces y contemplativos que, rastreando por todas partes la esencia de las cosas, van a dar con las lágrimas anexas a la naturaleza humana guiados hasta por la risa. Don Quijote enderezador de tuertos, desfacedor de agravios; don Quijote caballero en Rocinante, miserable representación de la impotencia; don Quijote infatuado, desvanecido, ridículo, no es hoy necesario para nada. Este don Quijote con su celada de cartón y sus armas cubiertas de orín se llevó de calles a Amadises y Belianises, Policisnes y Palmerines, Tirantes y Tablantes; destrozolos, matolos, redújolos a polvo y olvido: España ni el mundo necesitan ya de este héroe. Pero el don Quijote simbólico, esa encarnación sublime de la verdad y la virtud en forma de caricatura, este don Quijote es de todos los tiempos y todos los pueblos, y bien venida será adonde llegue, alta y hermosa, esta persona moral.

Cervantes no tuvo sino un propósito en la composición de su obra, y lo dice; mas sin saberlo formó una estatua de dos caras, la una que mira al mundo real, la otra al ideal; la una al corpóreo, la otra al impalpable. ¿Quién diría que el Quijote fuese libro filosófico, donde están en oposición perpetua los polos del hombre, esos dos principios que parecen conspirar a un mismo fin por medio de una lucha perdurable entre ellos? El género humano propende a la perfección, y cuando el polo de la carne con su enorme pesadumbre contrarresta al del espíritu, no hace sino trabajar por la madurez que requiere nuestra felicidad. Si don Quijote no fuera más que esa imagen seria y gigantesca de la risa, las naciones todas no la hubieran puesto en sus plazas públicas como representante de las virtudes y flaquezas comunes a los hombres; porque una caricatura tras cuyos groseros perfiles no se agita el espíritu del universo, no llama la atención del hombre grave, ni alcanza el aprecio del filósofo. Hay obras que hacen reír quizá más que el Quijote, y con todo, su fama no ha salido de los términos de una nación: testigo Rabelais, padre de la risa francesa. Panurge y Pantagruel darán la ley en Francia; don Quijote la da en el mundo. Con decir que Juan Falstaff no es ni para escudero de don Quijote, dicho se está que en este amable insensato debajo de la locura está hirviendo esa fuente de sabiduría donde gustan de beber todos los pueblos. «El Quijote es un libro moral de los más notables que ha producido el ingenio humano». Si como español pudiera infundir sospechas de parcialidad el autor de esta sentencia, extranjero fue el que llamó a Cervantes «honra, no solamente de su patria, sino también del género humano».

Don Quijote es un discípulo de Platón con una capa de sandez: quitémosle su aspada vestidura de caballero andante, y queda el filósofo. Respeto, amor a Dios, hombría de bien cabal, honestidad a prueba de ocasiones, fe, pundonor, todo lo que constituye la esencia del hombre afilosofado, sin hacer mérito de las obligaciones concernientes a la caballería, las cuales siendo de su profesión, son características en él. Aun su faz ridícula, puesta al viso, seduce con un vaivén armonioso de suaves resplandores. Se hace armar caballero, por habilitarse para el santo oficio de valer a los que poco pueden: embiste con los que encuentra, si los tiene por malandrines y follones, esto es, por hombres injustos y opresores de los desvalidos. Trátase de un viaje al fin del mundo: él está ahí, a él le toca e incumbe molestia tan gloriosa, pues va a desagraviar a una mujer, a matar al gigante que usurpó el trono a una reina sin amparo. Todo noble, todo elevado en el fundamento de esta insensata generosidad: echada al crisol de la filosofía locura que tan risible nos parece, luego veríamos cuajarse una pepita de oro aquilatado. El móvil de acciones tan extravagantes, en resumidas cuentas, viene a ser la virtud. Don Quijote es el hombre imaginario, en oposición al real y usual que es su escudero Sancho Panza. ¿Quién no divisa aquí las dos naturalezas del género humano puestas en ese contraste que es el símbolo de la guerra perpetua del espíritu y los sentidos, del pensamiento y la materia? Si el fundador de la Academia no hubiese temido ser impío modificando la obra del Todopoderoso, habría ideado el hombre perfecto, al modo que imaginó y compuso su República. Empero, si a fuer de pensadores le quitamos a la humana especie su parte tosca y viciosa, queda descabalada: el polo del mal es contrarresto necesario en nuestra naturaleza; y sin propender a un sacrílego trastorno, al sabio mismo no le es dable decir: «Así hubiera sido mejor el hombre». Todo lo que hace el filósofo para mostrarnos que somos ruines y que pudiéramos ser más dignos del Criador, es delinear el hombre imaginario. Tal es don Quijote: en poco está que este loco sublime no derrame lágrimas al sentarse a la mesa, cual otro Isidoro Alejandrino.

Aquí estriba el secreto de la celebridad sin mengua de Cervantes: si a ingenio va, muchos lo han tenido tan despejado y alto como el suyo. Mas cuando Bocaccio rendía homenaje al vicio con obras obscenas; cuando la reina de Navarra y Buenaventura Desperries enderezaban a los sentidos el habla seductora de sus cuentos eróticos; cuando el cura de Meudón y Bouchet le daban vuelo al pecado con su empuje irresistible; cuando las matronas graves, las niñas puras leían y aprendían a esos autores para citarlos sin empacho, se estaba ya desenvolviendo en las entrañas del porvenir el genio que luego había de dar al mundo la gran lección de moral que los hombres repiten sin cansarse. ¿Qué es de esos novelistas, célebres en su patria y su tiempo? Fantasmas desconsolados, vaguean al descuido por los ámbitos obscuros de la eternidad: si alguien los mira, si alguien los conoce, no se inclina, como Dante en presencia de los espectros celestiales que encuentra en el Paraíso. Cervantes enseñó deleitando, propagó las sanas máximas riendo, escarneció los vicios y barrió con los pervertidores de la sociedad humana; de donde viene a suceder que su alma disfruta de la luz eterna y su memoria se halla perpetuamente bendecida. Tanto como esto es verdadero el principio del divino Sócrates, cual es que sólo por medio de la virtud podemos componer las obras maestras. Cervantes sabía esto, y echó por la senda opuesta a la que siguieron los autores contra los cuales alzó bandera, hablando de cuyas obras dijo un gran obispo: «Su doctrina incita la sensualidad a pecar, y relaja el espíritu a bien vivir». Escritor cuyo fin no sea de provecho para sus semejantes, les hará un bien con tirar su pluma al fuego: provecho moral, universal; no el que proclaman los seudo-sabios que adoran al dios Egoísmo y le casan a furto con la diosa Utilidad en el ara de la Impudicia.

Así lo han comprendido los autores que, poniendo el ingenio a las órdenes de las buenas costumbres, cierran con los vicios y los tienen a raya. Sus armas no siempre son unas: Teofrasto, Labruyère, Larochefoucauld, Vauvenargues hinchen de amarga tirria las cláusulas con que retratan el corazón humano.

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