En la casa de mi abuela, en lo alto del páramo, había tres reglas. No dejar la puerta abierta después de las seis. No silbar de noche. Y la más importante, la que nos repetía mientras nos peinaba antes de dormir: —Si la neblina te llama por tu nombre, no contestes. Mi hermano Tomás tenía ocho años y se reía. Yo tenía catorce y fingía que también me daba risa, pero no era cierto. Porque mi abuela no lo decía como se cuentan los cuentos. Lo decía como quien avisa que la estufa quema. Ese agosto nos mandaron con ella porque mamá tenía que trabajar en la ciudad. La casa era de adobe, con un patio de tierra y, detrás, un campo de papas que terminaba donde empezaba la neblina. Porque allá arriba la neblina no llega: siempre está. Baja por las tardes como una sábana mojada y se queda pegada al suelo hasta que amanece. La primera semana no pasó nada. Ayudábamos a ordeñar, jugábamos con los perr…