Capítulo 1. Las tres y diecisiete
En San Aurelio de la Neblina, la niebla bajaba del volcán todas las tardes como una abuela que viene de visita: despacio, sin avisar y quedándose más de la cuenta. Se metía por las calles empedradas, se sentaba en los tejados, se enredaba en el campanario de la iglesia y, si alguien dejaba una ventana abierta, entraba a husmear en las cocinas. A Tomás no le gustaba la niebla. La niebla era lenta. Y Tomás, que tenía once años, dos rodillas raspadas y un montón de cosas que hacer, no tenía tiempo para cosas lentas. —¡Tomás! —lo llamó la abuela Rosa desde el taller—. ¿Me ayudas a limpiar los péndulos? —¡Después, abuela! —gritó él, ya con un pie en la calle—. ¡Voy tarde al fútbol! Siempre iba tarde a algo. Al fútbol, a la escuela, a la casa de su amigo Andrés, a la tienda de don Efraín, donde vendían los mejores helados de mora del mundo. Tomás corría a todas partes, comía corriendo, hacía…